A menudo se relaciona a la cárcel con criminales despiadados, peligrosos narcotraficantes o inadaptados sociales que solo buscan hacer daño como estilo de vida. No está mal asociarlos unos con otros, ya que una gran población penitenciara corresponde a esa conceptualización.

No obstante, pensar que jamás estaremos en prisión porque no comulgamos con ninguno de esos actos, significa ser lo suficientemente irresponsable para, sin percatarnos, tomar alguno los múltiples atajos que llevan a la privación de libertad.

El Código Penal de Costa Rica, busca tipificar y sancionar las conductas o actuaciones que atentan contra el ordenamiento jurídico que el Legislador consideró en su momento de inviolable accionar.

El derecho a la vida es el bien jurídico tutelado de mayor preponderancia en lo que a las penas carcelarias concierne, pudiendo llegar hasta los 35 años de cárcel dependiendo de las circunstancias que medien el delito.

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Pero no solo comenten homicidio aquellos que quieren acabar con la vida de otro ser humano, también lo cometen aquellos que, sin percatarse del riesgo de sus actos, le arrebatan la vida a terceros inocentes quienes simplemente estaban en el lugar y el momento menos indicado para su desdicha.

A lo anterior se le conoce como homicidio culposo, que, en términos simples, se traduce como un desafortunado accidente que conllevó a la fatalidad, o bien, como le llaman los abogados; falta al deber del cuidado.

Por supuesto que este delito no tiene las mismas repercusiones legales que el del homicidio simple o calificado, que se da cuando existe ineludiblemente el ánimus de matar. En el homicidio culposo la pena oscila entre los 6 meses y los 8 años, cuantía que es determinada a discrecionalidad del juez competente según la gravedad del “accidente” por el cual se le procesa al implicado.

A nivel de autoría no hay mucha diferencia, el querer matar o no, no varía la condición procesal del autor del hecho, en ambos casos se le denomina como imputado y su luz al final del túnel huele casi siempre a un presidio como hogar temporal, por largo tiempo, salvo que se compruebe lo contrario.

Los hechos lamentables sucedidos el pasado domingo cerca de Tres Ríos, cuando un conductor temerario, en aparente estado de ebriedad, arrolló a 4 ciclistas, matando a 3 de ellos y causándole lesiones gravísimas a la cuarta víctima, es el más claro ejemplo de un homicidio culposo. Aquel que nunca tuvo intenciones de matar a nadie, pero sus acciones atentaban contra cualquier ciudadano que estuviera cerca de él.

Los vehículos automotores, mal manipulados, pueden llegar a ser armas letales e instrumento de dolor perpetuo para los familiares de las víctimas. Todos los días, cientos de personas cometen errores al volante que elevan la posibilidad de repetir tan lamentables hechos.

Sin pensarlo, esos conductores se convierten en amenazas sociales tan altamente peligrosas como lo es un homicida a mano arma con sed de matar. No imaginan que en un abrir y cerrar los ojos, su imprudencia al volante puede ser el antes y el después para el resto de su vida y de la de muchos otros indefensos, y con ello acompañarán por algunos años en prisión, a aquellos antisociales que solo pensaron conocer en la sección de sucesos de algún medio informativo.

Es urgente empezar a crear conciencia, los accidentes de tránsito a causa de la irresponsabilidad e imprudencia se han convertido en el repetitivo titular de los noticieros amarillistas, con la impotencia de la población y el desconsuelo de los afectados directos inmersos en sus líneas informativas. Seguir obviando las estadísticas trágicas en carretera, es acceder a ser, per se, un candidato latente a protagonizar la siguiente historia luctuosa del país.

Llegar a la cárcel no es exclusivo sólo para aquellas personas malintencionadas en su actuar. La cárcel no es más que un aposento circunscrito en el sistema penitenciario de cada país, previsto para recibir a todo aquel que incurra en un delito. Cometer ese delito, sea con intención o sin ella, es muy probable cuando olvidamos la metáfora de que todos somos arquitectos del futuro y constructores del día a día, tanto para con los demás como para con nosotros mismos.

Por: Esteban F. Coto Corrales / Cédula: 11660807


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